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LA MUERTE Y EL AMOR VAN DE LA MANO

santosEn noviembre dos fechas caracterizan nuestro ser de creyentes: la fiesta de Todos los Santos y el día de Oración por los Difuntos. Enfocándome en ambas ofrezco esta reflexión en dos partes. Primero me centro en la Muerte como elemento esencial de nuestra vida y su potencial para aprovechar al máximo la Vida. En la segunda parte reflexiono en nuestra vida como camino hacia la Vida: ser icono vivo del amor en proceso de aparente irrelevancia, henchido de Amor.

LA HERMANA MUERTE
“Los indios navajos tenían dos nombres, uno que se les ponía al nacer y otro, el más verdadero, el que se les daba cuando morían. El humo que ascendía de la pila funeraria portaba ese nuevo nombre”. Estamos en el mes de noviembre, mes en el que recordamos a todos los que nos han antecedido. Será bueno, pues que reflexionemos acerca del asunto más cierto y evidente de nuestra vida: la muerte. Dentro de cada persona anida el deseo de eternidad grabado en el corazón. Es un deseo instintivo de trascenderse más allá de los límites que nos presenta lo cotidiano, la rutina, la evidencia de que poco a poco nuestro ser externo se deteriora.

Por eso solemos referirnos a la vida en términos de camino, itinerario o proceso en el que el trazado del mismo son nuestros propios pasos, un proceso en constante ascendencia, inevitablemente surcado de dificultades, sufrimientos y crisis. Y mientras caminamos y ascendemos nos damos cuenta de que el verdadero progreso se da “hacia adentro”. Y así vamos aprendiendo que hemos de ir ligeros de equipaje.

SOLO EL AMOR
Será por eso que Cristo, cuando envía a los discípulos a anunciar la Buena Nueva les pide que no lleven muchas cosas por el camino, “ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas”. Si somos conscientes de que “sólo hay una cosa importante”, y esa es el amor, entonces aprendemos que lo que nos hace inmortales es precisamente el amor y no las cosas, pues Dios es solamente amor.

La oración, ese contacto profundo de mi yo profundo con Aquel a quien amo porque me ha creado y me ha salvado en Jesucristo, es quien mejor expresa la realidad de lo esencial que al final queda reflejado con la imagen del humo del incienso que sube a la presencia de Dios: “suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia, como mirra el alzar de mis manos”.

EL VERDADERO NACIMIENTO
Los indios navajos lo veían tan claro, que daban a sus hombres y mujeres ese “nombre nuevo”, el verdadero, el que realmente “decía su verdad” cuando morían. Inmediatamente nos viene a la mente la tradición cristiana que celebra la fiesta de sus santos no el día que nacen sino el día que mueren. Así queda claro que el verdadero nacimiento a la Vida en plenitud se da cuando morimos. En definitiva todo nos lleva a lo mismo: necesitamos visualizar concretamente lo que la fe nos dicta: que no todo acaba con la muerte, sino que hay un mundo aún más bello que nos aguarda y al cual nos dirigimos con ansias de eternidad. “Pues la fe de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al desaparecer nuestra naturaleza mortal adquirimos una nueva mansión en el cielo por Cristo Nuestro Señor”. Esta nostalgia de eternidad, más allá de lo visible y limitado, es la que lleva a algunos pueblos de África a creer que sus jefes nunca mueren, sino que “desaparecen” por un breve tiempo hasta que se instala un nuevo sucesor. Una vez instalado, todos asienten en que finalmente el jefe “ha sido hallado”.

MÁS ALLÁ DE LA VIDA
Y es que llevamos en nuestro ADN espiritual personal una reacción instintiva contra todo aquello que directa o indirectamente acecha contra lo eterno, lo infinitamente duradero. El cientificismo, el racionalismo, y el positivismo desmedido, la mera casualidad, el psicologismo, la astrología, o el fatalismo son formas de aproximación a la realidad de la vida, pero se quedan cortos para poder brindar en la fiesta de la vida por la “vida más allá de la vida”. ¿Existe Dios?, se preguntaba Miguel de Unamuno, y respondía quitándole mérito al poder de la razón sola: “Bástele a la razón el no poder probar la imposibilidad de su existencia”. La naturaleza en la selva guatemalteca ha sido capaz de ocultar literalmente una ciudad maya durante siglos, sin dejar rastros aparentes. Pero la ciudad estaba ahí y se descubrió hace tan sólo unos años. Dentro de nosotros existen rastros de eternidad y muchos morirán sin haberlos descubierto ni disfrutado. Esa ciudad maya, símbolo en este caso del sentido de lo eterno a nivel personal y cósmico, acaba por imponerse lenta, pero inexorablemente, al reducido encuadramiento de lo puramente lógico y evidente.

DIOS DE LA VIDA
Nadie pudo contra la vida y nadie podrá nunca contra la vida. El aliado número uno de la vida es Dios mismo, que se ha encarnado, se ha “aliado” de tal manera con “lo nuestro” que ya para siempre podemos decir que “lo suyo es mío y lo mío es suyo”. Recuerdo vivamente en un viaje que hice en tren desde Ranchi (Jharkhand) a Bangalore, en la India. En el mismo vagón viajaba una pareja hindú; el padre de la señora dejó a los suyos hacia los últimos años de su vida, incluida a su mujer, para retirarse a un ashram o monasterio. Para ello aceptó peregrinar varios miles de kilómetros, descalzo y sin nada, hasta encontrar al que iba a ser su gurú o maestro espiritual. Al final llegó a su destino. Pero su maestro le pidió una prueba casi imposible de cumplir: “para que no te apegues a mí por mí mismo, te envío a otro, en Tamil Nadu y te pondrás al servicio de otro maestro que te guiará”. Fue un momento crítico en su vida, una prueba demasiado dura, pero la aceptó. Caminó y de nuevo llegó a su destino, aprendió el arte de la contemplación e incluso ganó relevancia como guía espiritual. Cuando le preguntaron que por qué había obedecido aquella orden tan difícil de cumplir, él respondió llanamente: “Si no hubiera obedecido al maestro jamás hubiera arriesgado nada en la vida y sería simplemente una hoja en lugar de ser un árbol robusto, frondoso y bello como los “banyans”.

VIDA DESPUÉS DE LA VIDA
En libros donde se habla de la “Vida después de la vida”, se nos muestra cómo personas de los más diferentes estratos culturales y de diferentes religiones parecen coincidir en sus experiencias de un más allá pleno de felicidad donde la luz y la alegría del encuentro transformado en amor sin barreras son sus constantes. Los que han experimentado lo que técnicamente se llama “muerte clínica” y han regresado a la vida, suelen experimentar cambios profundos de comportamientos y sobre todo de actitudes, que tienen que ver con lo que podemos llamar “conversión”. Estos cambios se operan
a dos niveles: el intelectual, con un gran deseo de aprender y de saber; y el afectivo moral, con un deseo mayor de amar sin condiciones y de hacer de su vida algo bello para los demás. ¿Qué nos quiere decir esto? Pues que la experiencia de la vida está íntimamente ligada a la de la muerte y viceversa. Y que el más allá afectaría nuestro más acá si le dejáramos actuar. En nuestro bautismo recibimos un “nombre nuevo”, precisamente en el momento de
creer y aceptar la fe en el Cristo muerto y resucitado, precisamente en ese sacramento donde queda tan claramente significado que “morimos” a la vida sin Dios para vivir en adelante los valores del Señor Jesús, pues nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. En el fondo vida y muerte son dos caras de una misma realidad que sostienen nuestro ser personal. Las flores de plástico nunca mueren, pues nunca vivieron. La vida nos va consumiendo como el fuego a la cera de una vela. Pero es hermoso vivir sabiendo que la muerte nos abre la puerta a lo mejor que todavía está por llegar y que se vislumbra por los efectos que la fe, que sostiene nuestra esperanza, produce en nosotros.

Vale la pena vivir cuando hemos llegado a comprender esta realidad absoluta: que es el amor quien debe llegar a consumirnos. Y, paradójicamente, el amor es la única energía que hace de verdad fructífera nuestra vida, porque en verdad estamos hechos para amar; vivimos para amar.

Fernando Negro, Sch P

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