Páginas desdeICONO ABRIL-15Todos tenemos una “banda sonora de nuestra vida”, canciones que nos han acompañado en momentos importantes y, con solo oírlas, nos hacen viajar en el tiempo a lo que vivimos en un momento determinando. La música –como el olfato- tiene memoria y va dejando escritas partituras con retazos de nuestra historia. Estos días de Pascua, escucho
una canción de esas que te trasladan: “Enciende una luz, déjala brillar, la luz de Jesús que brille en todo lugar…”. Y es que este tiempo nos invita a mirar hacia atrás, a recorrer nuestra experiencia de fe, a fijarnos en aquellos hitos que posibilitaron la presencia de Dios en nuestra vida. A dar gracias. Hace poco, cuando en la vigilia pascual encendimos
el cirio y las velas entramos –casi sin darnos cuenta- en una corriente que nos une a tantas personas que han sido testigos de fe. Todas esas velas encendidas en la oscuridad, como un manto tupido de luz, nos recuerdan –algo tan sencillo y tan inexplicable- como que Dios nos quiere, está con nosotros y no nos abandonará nunca. Prueba de ello es la muerte por amor y la resurrección por amor de su hijo Jesús.

Encender una luz se convierte así, en nuestro tiempo y en nuestros lugares, en un acto provocador, arriesgado y no porque nos vayan a perseguir o a quitar algunos “privilegios” si no porque encender esa luz es aceptar, acoger y querer que Jesús Resucitado sea el centro y clave de nuestra vida. ¡Casi nada! Es permitir que nuestra existencia sea contemplada también a la luz de su resurrección y no solo de su muerte. Dejarnos envolver por esa luz supone asumir con todas nuestras fuerzas una opción de amor por la que queremos, al igual que Jesús: curar, anunciar, enseñar,
no juzgar, acoger, acercar, celebrar…

Nuestra vida cristiana, cuando la miramos desde la luz pascual, adquiere un significado distinto, nuevo. Ya no tenemos miedo, como los discípulos, ni nos encerramos en nosotros mismos, porque sabemos que Cristo es nuestra fuerza; no damos el mundo por perdido porque Jesús murió para que siempre hubiese esperanza; no rechazamos a los hambrientos, los inmigrantes o las prostitutas, porque sabemos que todos ellos estarán delante de nosotros en el Reino de los cielos; no juzgaremos con tanta ligereza porque sabemos que también nosotros somos pecadores; no tendremos miedo a nuestra debilidad ni a nuestro pecado, porque nos hemos reconocido abrazados por el Padre misericordioso.
Pero entrar en clave de Pascua no significa facilidad ni ausencia de tensión, no es la magia del deseo, si no el milagro de la tarea. Es vivir y permitir la vida, es gozar con lo sencillo y concreto, es volver a la humanidad.

Dejarnos envolver por esa luz supone asumir con todas nuestras fuerzas una opción de amor

El problema de nuestro mundo nació cuando huyendo de la debilidad quisimos superar todo límite, hacernos dioses sin aceptar el ritmo necesariamente limitado de ser creados y estar llamados a compartir una experiencia de comunión y gracia con los semejantes.
Quienes viven la Pascua disfrutan porque saben que siempre les quedará Dios, cercano y presente, pero, a la vez, distante e inaccesible. La mirada de la Pascua es la objetividad que necesitamos para ser cada vez más humanos, porque Dios, nuestro Dios, ha hecho historia con nosotros, enseñándonos que para estar cerca de él no tenemos que
perder ni la debilidad, ni el pecado, que son rasgos de humanidad. Por eso, Jesús te invita a la luz, a encender tu luz.

 

Francisco Javier Caballero, CSsR
director@revistaicono.org