Hace ya algunos meses, empecé mi mañana como siempre, temprano en la sacristía leyendo la Palabra de Dios de ese día, preparando la misa que iba a celebrar a primera hora. Muchos días leo y me dejo sorprender por esa Palabra, pero aquel día Dios gritaba con fuerza y con insistencia su mensaje. Tocaba leer Isaías 30: “La luz del sol será siete veces mayor, como la luz de siete días, cuando el Señor vende la herida de su pueblo y cure las llagas de sus golpes”. Y después el Salmo 146: “Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas”. Y para remate final Mateo 9, 35 y siguientes: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis”.
Creemos en un Dios enferemero
Víctor Chacón, CSsR