Director“Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar”, decía Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre. Uno de los más bellos poemas que se hayan podido escribir por la partida de un ser querido, de un padre. Encaramos este mes de noviembre –de santos y difuntos– envueltos en ruido: polémicas sanitarias, políticas grises y mediocres, corrupciones, corruptelas y «medias verdades».

No deja de sorprendernos el ser humano, por todo lo bueno que sin duda hay en él, pero también por la capacidad que tiene para adentrarse en bosques donde nada encontró, para perder de vista lo esencial. Se dice que es debido a que estamos en un periodo denominado transmodernidad. Ya saben, pensamiento frágil, donde de ya nada es para siempre.

La vida que nos ha tocado vivir, es la que es. Estamos seguros que Dios la quiere. Ama al hombre y la mujer de hoy, como amó al de ayer y amará al de mañana, porque Dios es amor (cf. 1 Jn 4, 8). Y de ahí, de ese amor, es de donde brota nuestra esperanza. El problema es cuando ese amor divino está «frenado» y no permitimos que desencadene el amor humano o, dicho de otro modo, cuando Él, que solo ama, no es amado. Afirma el Papa Francisco: “No os dejéis robar la esperanza, es un don de Dios”. Es la esperanza cristiana esa virtud infundida por el propio Dios en el corazón del hombre, que le
lleva a reconocerlo como su máximo bien y como el fin de su existencia. Es la que permite y provoca que el ser humano eleve su mirada y pueda contemplar la vida y la muerte según Dios.

Dios propone que seamos esa gota de aliento que ayude a la cordura

La portada de este mes quiere representar esa gota de agua que forma parte del gran río que camina hacia el océano inmenso de Dios. Nuestras vidas no son ríos, son gotas fundidas en una corriente de humanidad infinita que camina hacia Dios. Confiamos en esa gracia que supera nuestra tendencia a creernos únicos. El Padre sigue haciendo su trabajo; mueve los corazones y las voluntades. En un mar inmenso de noticias y sucesos, siempre hay gotas de esperanza y de vida. El camino real, el que Dios propone, es que seamos, cada uno de nosotros, esa gota de aliento, ese reflejo de verdad que ayude a la cordura, la unidad y la sinceridad al lugar del encuentro querido por Dios: la humanidad.

Francisco Javier Caballero, CSsR
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